7:40 p. m. Comment3 Comments

Cerca del año 2,015, se había fabricado el primer teletransportador espacial del mundo. Lo llamaban “The time machine”. Era realmente increíble que existiera un objeto que lograra llevarte a cualquier lugar del mundo y a través del tiempo. Sin duda alguna, la ciencia impactaba al mundo una vez más.

Y así empieza la situación más extraña de mi vida. Fui a ver el invento, traído a nuestro país debido a una gira. Las multitudes estaban exaltadas. La situación era incómoda. Toda la gente quería apreciar aquella maravilla metálica, pero resultaba imposible pasar del muro humano. Entonces, decidimos, con mis tres acompañantes, subirnos a un enorme y frondoso árbol. Sus gruesas ramas se expandían por un largo espacio y gracias a ello nos pudimos acercar al teletransportador.

No sé si fue para buena o mala suerte mía, pero caí del árbol y los ojos de todas aquellas personas estaban sobre mí. Logré captar la atención de todos. De esta manera, fui la escogida para la demostración del funcionamiento de ese gigantesco aparato. Apenas podía respirar, me sentía tan nerviosa y asustada. Me negué rotundamente, pero más pudieron los gritos de las masas alborotadas. Me sentaron en un banco pequeño y muy frío. Dejaron caer sobre mí una tela plástica transparentosa. Recuerdo que el científico encargado de hacerme desaparecer hablaba y explicaba lo que iba a ocurrirme, pero yo solo me limité a cerrar los ojos y a pedirle a Dios que no me pasara nada malo.

De repente, todo estaba en silencio. Respiraba en un ambiente fresco y húmedo que me resultaba muy agradable. Abrí mis ojos lentamente y me sorprendí por encontrarme en un extenso charco. Era un cuarto con poca luz, pero se lograba apreciar la blancura de sus paredes cóncavas. Mis manos desesperadas palpaban aquellas ligosas paredes que me resguardaban, me moría por descubrir en qué sitio me encontraba. Lo más extraño para mí fue el largo tubo, transparentoso también, que indicaba una posible salida de aquel angustioso lugar. Decidí probar el líquido que llegaba hasta mis rodillas y su sabor me reveló lo que pasaba: ¡estaba dentro de un coco!

No se me ocurría ningún modo de salir. De lo único que estaba segura era que no quería ser succionada por la pajilla que, sin dudarlo, me llevaría al estómago de alguien. Comencé a llorar y a suplicar que me sacaran de ahí. Gritaba y gritaba pero era en vano, porque la persona que tomaba aquella deliciosa y fresca agua de coco no podía oírme.

Me encontraba en mis desesperadas súplicas cuando, de repente, escuché aplausos ensordecedores y bullicios que me llenaron de emoción. Sí, era cierto lo que sospechaba. Al abrir los ojos me di cuenta de que había vuelto. Tal parece que una cámara que me habían colocado, sin darme cuenta, les había mostrado cada movimiento que hice en mi visita al coco. Y al verme tan aterrada, decidieron traerme de regreso a la realid
ad que conozco y en la única que deseo estar.

5:19 p. m. Comment4 Comments

Podría decirse que la vida es una batalla constante. Al menos, así la veo yo. Sacar fuerzas de flaquezas para enfrentar las difíciles pruebas que se ponen enfrente es de valientes. Los que creen estar en el mundo simplemente para vivir lo que tienen que vivir, sin ir mas allá, sin luchar por ser mejores, sin enfrentarse a esa batalla de la que se trata vivir y, peor aun, sin soñar, son los típicos cobardes conformistas que sobran en el mundo.

Tener ideales, anhelos y metas que alcanzar no es pecado. Amar sinceramente a una persona y pensar en la posibilidad de estar con ella para siempre, tampoco lo es; compartir nuestra amistad con la esperanza de que los verdaderos amigos no fallan jamás, no es inocencia; esforzarse en el estudio para cosechar el éxito en el mañana, es deseo de superación; hacer una humilde oración, mientras se viaja en el bus, para pedir por las dificultades del hermano, con la plena convicción de que Dios nos atenderá, no es ingenuidad ; es tener compasión y capacidad de sentir el dolor de los demás. Es tener fe. Es soñar.

Lo que sí es pecado es dejar de soñar. El evitar sonreírle a la vida y desafiar al destino, por creer que lograremos ser lo que queremos y no lo que él nos imponga, podría ser el mayor fracaso humano. Pecar es dejarse derrotar por el mayor enemigo de los sueños: la realidad.

Si bien es cierto que en nuestros tiempos y en un país como el nuestro se vuelve difícil triunfar, tampoco es imposible. Lo verdaderamente imposible es encontrar en el mundo a alguien sin un solo problema. Se necesita de valor, coraje, fuerza y esperanza para vencerlos, para conseguir lo que deseamos y para convertir la realidad en la realidad que soñamos. Después de todo, si no pensamos en ganar, ¿para qué estamos en el juego?


Lo mejor que queda es creer. Ponerse en las manos del único ser que puede transformar el agua salada de este mar incierto en el que nadamos como peces, en agua dulce. Él lo puede todo, lo decide todo, lo hace todo, lo cambia todo.

4:59 p. m. Comment2 Comments

Mi habitación es un soñadero total. Cada noche y madrugada se convierte en cómplice de la imaginación y del pensar constante de dos cabezas que reposan sobre una confortable almohada. Mi mamá y yo hemos colocado cada detalle de nuestro dormitorio. Desde la enorme cama que viste cubrecamas de colores todo el tiempo y que alberga en ella, no solo nuestros cuerpos cansados, sino también, las dos almohadas blancas, tres cojines cuadrados y un simpático peluche de felpa; hasta el precioso crucifijo de madera y porcelana colgado en la pared, que nos recuerda la presencia del Creador en nuestras vidas.

Por las mañanas, la luz que se filtra por los cristalinos vidrios de las ventanas nos obliga a abrir los ojos. Es necesario desatar las extensas cortinas blancas para impedir el paso del sol, si es que deseamos descansar un instante más. Pero, de igual manera, el tic- tac del redondo reloj verde con blanco, que también cuelga de la pared, nos avisa que ya es hora de despertar y regresar de aquel mundo de sueños.

El ruido característico del clóset, al abrir y cerrar sus puertas de metal, siempre informa que mi compañera de cuarto necesita guardar o sacar algo. Podría ser el extraño cilindro con tapadera que contiene monedas para comprar el pan y las tortillas, o, tal vez, su ropa interior tan bien organizada. Lo que si sé es que las altísimas puertas rechinan sin falta. ¡Son tan predecibles!

Imposible es dejar de lado aquel satisfactorio ventilador de aspas celestes y botones blancos, que calma el calor de cada tarde y que nos libra de los zancudos por las noches. Se encuentra en una esquina para poder conectarlo en el toma corriente ubicado en el mismo lugar, y para que, desde ese punto, sople por toda la habitación. Sin ninguna duda, es un grandioso alivio.

De la misma manera, lo es el viejo televisor que perteneció al abuelo. Porque podemos relajarnos y divertirnos cada vez que lo encendemos. Ya sea para ver los noticieros matutinos o para ver las telenovelas que tanto nos entretienen a ambas.

Este pequeño y único rincón se encuentra adyacente a la sala de mi casa. En él se esconden desvelos, llantos inconsolables, conversaciones telefónicas, reniegos, inconformidades; en fin, historias de alegrías, tristezas y discusiones que no se guardan en la gaveta dorada del tocador, ni se reflejan en el espejo de orillas blancas; sino que se encierran en las cuatro paredes de color rosa que forman mi habitación. Que resguardan mi soñadero.

4:56 p. m. Comment1 Comments

Mi concepto de Semana Santa es muy común y semejante al de muchas otras personas que profesan la fe católica. Para mí, es la semana más importante en todo el año por el significado que tiene cada actividad que se desarrolla en ella. Creo que lo que más debemos recordar es el amor que Jesucristo demostró al entregar su vida por nosotros. Este es el acto más conmovedor de toda la semana y de todos los tiempos.

“Un tiempo de reflexión, de sacrificio, arrepentimiento, meditación y de penitencia debemos practicar…” se nos dice en las iglesias, pero lastimosamente no siempre cumplimos con esta petición muy bien acertada que hacen los sacerdotes y predicadores de la palabra de Dios a todos los feligreses.

Las personas, simplemente, nos limitamos a recordar de forma mecánica y, muchas veces, por obligación todo aquel calvario que Jesús vivió. Pienso que si de corazón recordáramos y viviéramos la pasión, muerte y resurrección de nuestro salvador, fuéramos personas más humanas, más nobles y más entregadas al dolor de los hermanos.

Existen personas que ni siquiera se sienten con la obligación de asistir a ningún acto religioso. Esto es peor aún porque el hecho de preocuparse por el descanso, los paseos, la diversión, las comidas y todo lo demás que indica vacación, es una actitud de crueldad, insensibilidad, indiferencia y desagradecimiento para con Dios y su hijo. Estas personas no toman conciencia de lo importante que es agradecerle a Dios por este enorme favor que le hizo al mundo.

Por otro lado, me indigna ver cómo los ignorantes confunden el verdadero y único significado de la Semana Santa y lo transforman en actividades más terrenales y paganas que, si bien es cierto, no son malas, pero deben quedar en un segundo plano.

Esa actitud de la gente es lo único que critico de esta época. El mal desarrollo de su objetivo es culpa de los malos practicantes y creyentes de la palabra de Dios, y de los inconcientes e ignorantes que se ciegan ante lo vano. Espero que algún día logremos comprender bien que la Semana Santa se resume a las dudas que se deben aclarar, a las creencias que se deben practicar y a las actitudes que se tienen que mejorar.