Mi habitación es un soñadero total. Cada noche y madrugada se convierte en cómplice de la imaginación y del pensar constante de dos cabezas que reposan sobre una confortable almohada. Mi mamá y yo hemos colocado cada detalle de nuestro dormitorio. Desde la enorme cama que viste cubrecamas de colores todo el tiempo y que alberga en ella, no solo nuestros cuerpos cansados, sino también, las dos almohadas blancas, tres cojines cuadrados y un simpático peluche de felpa; hasta el precioso crucifijo de madera y porcelana colgado en la pared, que nos recuerda la presencia del Creador en nuestras vidas.
Por las mañanas, la luz que se filtra por los cristalinos vidrios de las ventanas nos obliga a abrir los ojos. Es necesario desatar las extensas cortinas blancas para impedir el paso del sol, si es que deseamos descansar un instante más. Pero, de igual manera, el tic- tac del redondo reloj verde con blanco, que también cuelga de la pared, nos avisa que ya es hora de despertar y regresar de aquel mundo de sueños.
El ruido característico del clóset, al abrir y cerrar sus puertas de metal, siempre informa que mi compañera de cuarto necesita guardar o sacar algo. Podría ser el extraño cilindro con tapadera que contiene monedas para comprar el pan y las tortillas, o, tal vez, su ropa interior tan bien organizada. Lo que si sé es que las altísimas puertas rechinan sin falta. ¡Son tan predecibles!
Imposible es dejar de lado aquel satisfactorio ventilador de aspas celestes y botones blancos, que calma el calor de cada tarde y que nos libra de los zancudos por las noches. Se encuentra en una esquina para poder conectarlo en el toma corriente ubicado en el mismo lugar, y para que, desde ese punto, sople por toda la habitación. Sin ninguna duda, es un grandioso alivio.
De la misma manera, lo es el viejo televisor que perteneció al abuelo. Porque podemos relajarnos y divertirnos cada vez que lo encendemos. Ya sea para ver los noticieros matutinos o para ver las telenovelas que tanto nos entretienen a ambas.
Este pequeño y único rincón se encuentra adyacente a la sala de mi casa. En él se esconden desvelos, llantos inconsolables, conversaciones telefónicas, reniegos, inconformidades; en fin, historias de alegrías, tristezas y discusiones que no se guardan en la gaveta dorada del tocador, ni se reflejan en el espejo de orillas blancas; sino que se encierran en las cuatro paredes de color rosa que forman mi habitación. Que resguardan mi soñadero.
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2 comentarios:
hum! bonito lugar para dormir, me gustaria ir a tu casa para conocer personalmente tu soñadero, cuando lo lei hasta senti que estaba ahí...
Lindo el título de la entrada, Mirna. De inmediato me dieron ganas de leerla. Qué lindo que tengás el televisor de tu abuelo. Me gustan un montón las cosas viejas, las antiguedades.
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