9:30 p. m. Comment6 Comments

Era una mañana de sábado como cualquier otra. Nada parecía diferente a la rutina de ese día: despertar, alistarse, desayunar, el bus, la pasarela y el dichoso museo de niños. Todo igual. Rafaela no tenía la menor idea de lo que pasaría.

Se encontraba pensando todavía en aquel pasajero con sombrero campesino que, antes de subir al bus, humildemente, preguntó al conductor:
--- ¿Pasa por la terminal de oriente?
--- Sí, pero espérelo del otro lado de la calle, porque ahorita voy para Antiguo--respondió amable aquel obeso y bigotudo motorista.

¡Pobrecito!--- pensó Rafaela--- debe de ser bien yuca estar lejos de la casa sin conocer el lugar en el que se anda--- agregó en su mente.
Ese era el pensamiento que rondaba por su cabeza mientras se cruzaba El Parque Cuscatlán, cuando, de repente, escuchó:
--- ¡adiós, mamacita! ¿No quiere venir a saludarnos?, a pues que le vaya bien (seguido del famoso “qué cuero”, silbado por un extraño joven con vestiduras negras de pies a cabeza).

¡Dios mío! Estos hombres me van a seguir para asaltarme. Lo peor es que solo lo del bus me quedó, pensó la abatida muchachita, mientras caminaba acelerando el paso. Casi trotando. Se escucharon a lo lejos extravagantes carcajadas provenientes de aquella inusual convención de roqueros que fumaban, tomaban y tosían.

Cuando por fin entró al Tin Marín, comenzó a sospechar que ese día no sería como cualquier otro.
--- ¡Lo siento, Toñita! Pero es que de nuevo me agarró la tarde--- le dijo a la encargada de repartir zona, quien, con una miradita, le indicaba en la pizarra el nombre de la exposición que debía defender.

Rafaela caminó hacia “El reino de los dientes”, tratando de olvidar la incomodidad que le había causado la mirada de Toñita, al fin y al cabo se tendría que acostumbrar, pensó. Prefirió creer que una zona más fácil no le pudo haber tocado ese sábado. Se sintió feliz. Todo parecía estar tranquilo. Se acercó el primer grupo de niños.
--- ¡Bienvenidos, amiguitos!--- exclamó--- ¿alguna vez han entrado a una boca gigante?
--- ¡No!--- respondieron exaltados y curiosos aquellos infantes inocentes.
--- Pues, aquí en el Tin Marín lo van a hacer. Les aseguro que no se les va a olvidar nunca--- les dijo animada.
Y vaya que sería así. Costó tranquilizar a las criaturas y más a aquellas que no prestaban atención en lo absoluto. Pero, al final, logró estabilizar la situación. Cosa que no volvería a conseguir.


Cuando por fin llegó la hora de ver el video que complementa la información impartida en la zona, Rafaela se sintió feliz de nuevo. Se creyó vencedora de aquellos mocosos insolentes que le habían tirado dulces en el pelo mientras hablaba, que le decían: ¡apurate que ya nos aburrimos!, que se reían de sus grandes tenis y de su camiseta holgada. Que la habían vuelto loca. Jamás se imaginó encargarse de un grupo tan difícil.
--- Le voy a dar play y se quedan calladitos para poder escuchar---les ordenó ya molesta a estas alturas.
Al instante, se oyeron suspiros de sorpresa, risitas, gritos, carcajadas pícaras. Rafaela calló. Miró, lentamente, el gigantesco plasma. Se sorprendió. Quedó estupefacta. Sin reacción alguna. No podía creer lo que sus ojos veían: un hombre y una mujer haciendo el amor, gritando, moviéndose con rapidez, luego con lentitud; escandalizando a su público. A ese público no apto para esa proyección.
--- ¡Uy!
--- ¿Y el Doctor Muelitas?
--- ¿Y qué hacen esas personas chulonas en la cama?
--- ¿Qué tiene que ver eso con nuestros dientes?
--- A saber qué es eso, pero está bien chistoso.
Esos fueron algunos de los comentarios emitidos por los asustados y curiosos chiquillos y que alcanzó a escuchar Rafaela después de reaccionar.
--- ¡Niños!, ¡niños! Tápense los ojos. No vean. Hagan la dinámica que les estoy diciendo---gritaba desconcertada e histérica--- si no lo hacen no les voy a dar un cepillo de dientes.

Pero a los pequeños diablos la ignoraban. Estaban tan entretenidos mirando y riéndose de lo que les mostraba aquella enorme televisión a la que, por más que intentara, no alcanzaba a cubrir por completo el delgado cuerpo de su angustiada guía.

Los gritos, carcajadas, relajos y todo ese escándalo comenzaron a alarmar a medio museo. La afligida muchacha se lamentaba de no saber manejar semejante tecnología y de sólo haber conseguido trabar el disco en el DVD. Parecía embrujado. Como si alguien le hubiese echado una maldición a la pobre Rafaela. Sus nervios y el bullicio no le ayudaban. Comenzó a golpear, fuerte y desesperadamente, el aparato. La gente se acercaba: sus compañeros y algunos padres de familia, en condición de visitantes.
--- ¡Por Dios, la coordinadora!--- gritó alterada.
Luego, tiró el increíble plasma negro al suelo. Se hizo pedazos.

Hubo un breve silencio que, inmediatamente, fue interrumpido por el llanto de Rafaela. Sólo dos cosas pasaban por su pensamiento en ese instante: quién había sido el responsable de semejante payasada y lo segundo era que: sus horas sociales habían acabado. Se acercó la coordinadora. El corazón de la joven latía a mil por minuto. Sabía lo que le esperaba.
--- ¿Qué es esto, Rafaela?--- dijo la furiosa mujer con ojos de rabia y asombro a la vez--- ¡no lo puedo creer!
Lo único que pudo responder y concluir la saboteada Rafaela fue:
--- Este no es mi día.

8:51 p. m. Comment5 Comments

Sería imposible olvidar aquel inesperado accidente que dejó mi brazo rígido como roca. Yo tenía siete años de edad. Ocurrió mientras patinaba felizmente en el pasaje en donde vivo. Di un salto increíble, pero así también fue el aterrizaje que hice en la pared del vecino.

El dolor era insoportable. Deseaba enderezar mi brazo para levantarme del suelo, pero no podía. Comencé a preocuparme por la regañada que me daría mi mamá y, además, porque me prohibirían volver a patinar.

Cuando por fin me levanté, caminé descalza hasta mi casa. Al entrar, fui directamente a mi cuarto; mi hermana se dio cuenta de que lloraba, así que le informó a mi mamá.

La preocupación que sufren las madres es difícil de comprender y, sobre todo, cuando exageran tanto. Como era de esperarse, mi mamá comenzó a untarme “ungüento León” en el brazo. Recuerdo con exactitud que se puso frío y luego caliente, pero el dolor no cesaba.

Tanto alboroto fue en vano porque terminaron llevándome al hospital de niños “Benjamín Bloom”, en donde enyesaron mi brazo. Los primeros días fue tan difícil acostumbrarse al yeso y a lo que implicaba tenerlo. La hora del baño se convirtió en una total odisea, porque debía colocarme una bolsa en el brazo, de modo que el yeso no se mojara. Asimismo, se me dificultó la hora de jugar porque tenía que evitar el sudor en el brazo, para no causar mal olor dentro del yeso.

Así se pasaron los días de mis vacaciones antes de entrar a la escuela. El yeso me acompañó por dos meses de mi vida, dos larguísimos meses para mí. Mi mamá y yo fuimos al hospital el día que se cumplió el tiempo acordado. El doctor sacó una sierra muy finita y partió en dos el desgastado yeso. Mi brazo estaba completamente diferente en comparación del otro, hasta en el color que tenía.

Esta ha sido una de las experiencias más significativas de mi niñez porque trae muchos recuerdos, como por ejemplo: que me llamaban la “niña nueva del yeso” en el primer grado cuando comenzaron las clases. Fue divertido ser famosa en la escuela por algunos días.

8:25 p. m. Comment2 Comments

El viernes por la noche vi el documental Colima. Es un material producido por Audiovisuales UCA y exhibido en Cinépolis Galerías. Contó con la participación de salvadoreños que narraron su realidad vivida en la guerra civil. El personaje principal es Doña Gloria; una madre que encuentra el lugar en donde están enterrados los restos de su hija, desaparecida hace 28 años. Veo este hecho como un milagro porque me parece increíble que haya aparecido el lugar en donde se encuentran los restos de Maribel después de tanto tiempo y de tanta angustia y dolores sufridos por la madre.

Se denominó Colima porque la historia se lleva a cabo en una hacienda con el mismo nombre, ubicada en Suchitoto. Tuvo un proceso de producción de un año y medio. Los períodos de investigación y filmación requirieron de un año respectivamente y el proceso de edición llevó 6 meses. Su género recibió la calificación de “docudrama” por las características que presenta el filme.

Para mí, verlo fue muy emocionante, porque se trata de un tema importante, doloroso, indignante, difícil y hasta polémico que nos concierne a todos como parte de El Salvador. Lamentablemente, es triste pensar que lo proyectado en Colima y en otras cintas semejantes fue experimentado por muchas personas y que algunas de ellas ya no existen porque les tocó perecer en tan cruel acontecimiento.

Mientras veía y escuchaba los testimonios de Doña Gloria, se hacía un nudo muy grande en mi garganta, y la rabia e indignación se apoderaron de mi corazón ante tanta injusticia y abusos cometidos con las muchachas. Sin embargo, de toda la historia, lo único que no me pareció fue la actitud de Doña Rosita al principio. Ella residía en Canadá y había decidido olvidar todo lo vivido en nuestro país. No es que estuviese mal pero, a mi parecer, no debía hacerlo por amor a su hija. Finalmente, Doña Rosa cambió su forma de pensar y decidió ayudarle a Doña Gloria a exhumar los restos de sus hijas. Así terminó la proyección, dejando un mensaje de esperanza para los personajes.



Este mensaje de esperanza también nos llenó de alegría a los que asistimos al evento. Éramos muchos los participantes de esta actividad. En lo personal, me sentí muy contenta al ver a tanta gente, entre ellas extranjeros, que quedaron muy conmovidas con la historia al igual que yo. Recuerdo que todas estas personas se veían ansiosas por ver este material antes de entrar a la sala 10 en donde se presentó el documental. Todos formamos parte de una fila enorme. Creo que, al final, tanta espera valió la pena.