Era una mañana de sábado como cualquier otra. Nada parecía diferente a la rutina de ese día: despertar, alistarse, desayunar, el bus, la pasarela y el dichoso museo de niños. Todo igual. Rafaela no tenía la menor idea de lo que pasaría.
Se encontraba pensando todavía en aquel pasajero con sombrero campesino que, antes de subir al bus, humildemente, preguntó al conductor:
--- ¿Pasa por la terminal de oriente?
--- Sí, pero espérelo del otro lado de la calle, porque ahorita voy para Antiguo--respondió amable aquel obeso y bigotudo motorista.
¡Pobrecito!--- pensó Rafaela--- debe de ser bien yuca estar lejos de la casa sin conocer el lugar en el que se anda--- agregó en su mente.
Ese era el pensamiento que rondaba por su cabeza mientras se cruzaba El Parque Cuscatlán, cuando, de repente, escuchó:
--- ¡adiós, mamacita! ¿No quiere venir a saludarnos?, a pues que le vaya bien (seguido del famoso “qué cuero”, silbado por un extraño joven con vestiduras negras de pies a cabeza).
¡Dios mío! Estos hombres me van a seguir para asaltarme. Lo peor es que solo lo del bus me quedó, pensó la abatida muchachita, mientras caminaba acelerando el paso. Casi trotando. Se escucharon a lo lejos extravagantes carcajadas provenientes de aquella inusual convención de roqueros que fumaban, tomaban y tosían.
Cuando por fin entró al Tin Marín, comenzó a sospechar que ese día no sería como cualquier otro.
--- ¡Lo siento, Toñita! Pero es que de nuevo me agarró la tarde--- le dijo a la encargada de repartir zona, quien, con una miradita, le indicaba en la pizarra el nombre de la exposición que debía defender.
Rafaela caminó hacia “El reino de los dientes”, tratando de olvidar la incomodidad que le había causado la mirada de Toñita, al fin y al cabo se tendría que acostumbrar, pensó. Prefirió creer que una zona más fácil no le pudo haber tocado ese sábado. Se sintió feliz. Todo parecía estar tranquilo. Se acercó el primer grupo de niños.
--- ¡Bienvenidos, amiguitos!--- exclamó--- ¿alguna vez han entrado a una boca gigante?
--- ¡No!--- respondieron exaltados y curiosos aquellos infantes inocentes.
--- Pues, aquí en el Tin Marín lo van a hacer. Les aseguro que no se les va a olvidar nunca--- les dijo animada.
Y vaya que sería así. Costó tranquilizar a las criaturas y más a aquellas que no prestaban atención en lo absoluto. Pero, al final, logró estabilizar la situación. Cosa que no volvería a conseguir.
Cuando por fin llegó la hora de ver el video que complementa la información impartida en la zona, Rafaela se sintió feliz de nuevo. Se creyó vencedora de aquellos mocosos insolentes que le habían tirado dulces en el pelo mientras hablaba, que le decían: ¡apurate que ya nos aburrimos!, que se reían de sus grandes tenis y de su camiseta holgada. Que la habían vuelto loca. Jamás se imaginó encargarse de un grupo tan difícil.
--- Le voy a dar play y se quedan calladitos para poder escuchar---les ordenó ya molesta a estas alturas.
Al instante, se oyeron suspiros de sorpresa, risitas, gritos, carcajadas pícaras. Rafaela calló. Miró, lentamente, el gigantesco plasma. Se sorprendió. Quedó estupefacta. Sin reacción alguna. No podía creer lo que sus ojos veían: un hombre y una mujer haciendo el amor, gritando, moviéndose con rapidez, luego con lentitud; escandalizando a su público. A ese público no apto para esa proyección.
--- ¡Uy!
--- ¿Y el Doctor Muelitas?
--- ¿Y qué hacen esas personas chulonas en la cama?
--- ¿Qué tiene que ver eso con nuestros dientes?
--- A saber qué es eso, pero está bien chistoso.
Esos fueron algunos de los comentarios emitidos por los asustados y curiosos chiquillos y que alcanzó a escuchar Rafaela después de reaccionar.
--- ¡Niños!, ¡niños! Tápense los ojos. No vean. Hagan la dinámica que les estoy diciendo---gritaba desconcertada e histérica--- si no lo hacen no les voy a dar un cepillo de dientes.
Pero a los pequeños diablos la ignoraban. Estaban tan entretenidos mirando y riéndose de lo que les mostraba aquella enorme televisión a la que, por más que intentara, no alcanzaba a cubrir por completo el delgado cuerpo de su angustiada guía.
Los gritos, carcajadas, relajos y todo ese escándalo comenzaron a alarmar a medio museo. La afligida muchacha se lamentaba de no saber manejar semejante tecnología y de sólo haber conseguido trabar el disco en el DVD. Parecía embrujado. Como si alguien le hubiese echado una maldición a la pobre Rafaela. Sus nervios y el bullicio no le ayudaban. Comenzó a golpear, fuerte y desesperadamente, el aparato. La gente se acercaba: sus compañeros y algunos padres de familia, en condición de visitantes.
--- ¡Por Dios, la coordinadora!--- gritó alterada.
Luego, tiró el increíble plasma negro al suelo. Se hizo pedazos.
Hubo un breve silencio que, inmediatamente, fue interrumpido por el llanto de Rafaela. Sólo dos cosas pasaban por su pensamiento en ese instante: quién había sido el responsable de semejante payasada y lo segundo era que: sus horas sociales habían acabado. Se acercó la coordinadora. El corazón de la joven latía a mil por minuto. Sabía lo que le esperaba.
--- ¿Qué es esto, Rafaela?--- dijo la furiosa mujer con ojos de rabia y asombro a la vez--- ¡no lo puedo creer!
Lo único que pudo responder y concluir la saboteada Rafaela fue:
--- Este no es mi día.


