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Cerca del año 2,015, se había fabricado el primer teletransportador espacial del mundo. Lo llamaban “The time machine”. Era realmente increíble que existiera un objeto que lograra llevarte a cualquier lugar del mundo y a través del tiempo. Sin duda alguna, la ciencia impactaba al mundo una vez más.

Y así empieza la situación más extraña de mi vida. Fui a ver el invento, traído a nuestro país debido a una gira. Las multitudes estaban exaltadas. La situación era incómoda. Toda la gente quería apreciar aquella maravilla metálica, pero resultaba imposible pasar del muro humano. Entonces, decidimos, con mis tres acompañantes, subirnos a un enorme y frondoso árbol. Sus gruesas ramas se expandían por un largo espacio y gracias a ello nos pudimos acercar al teletransportador.

No sé si fue para buena o mala suerte mía, pero caí del árbol y los ojos de todas aquellas personas estaban sobre mí. Logré captar la atención de todos. De esta manera, fui la escogida para la demostración del funcionamiento de ese gigantesco aparato. Apenas podía respirar, me sentía tan nerviosa y asustada. Me negué rotundamente, pero más pudieron los gritos de las masas alborotadas. Me sentaron en un banco pequeño y muy frío. Dejaron caer sobre mí una tela plástica transparentosa. Recuerdo que el científico encargado de hacerme desaparecer hablaba y explicaba lo que iba a ocurrirme, pero yo solo me limité a cerrar los ojos y a pedirle a Dios que no me pasara nada malo.

De repente, todo estaba en silencio. Respiraba en un ambiente fresco y húmedo que me resultaba muy agradable. Abrí mis ojos lentamente y me sorprendí por encontrarme en un extenso charco. Era un cuarto con poca luz, pero se lograba apreciar la blancura de sus paredes cóncavas. Mis manos desesperadas palpaban aquellas ligosas paredes que me resguardaban, me moría por descubrir en qué sitio me encontraba. Lo más extraño para mí fue el largo tubo, transparentoso también, que indicaba una posible salida de aquel angustioso lugar. Decidí probar el líquido que llegaba hasta mis rodillas y su sabor me reveló lo que pasaba: ¡estaba dentro de un coco!

No se me ocurría ningún modo de salir. De lo único que estaba segura era que no quería ser succionada por la pajilla que, sin dudarlo, me llevaría al estómago de alguien. Comencé a llorar y a suplicar que me sacaran de ahí. Gritaba y gritaba pero era en vano, porque la persona que tomaba aquella deliciosa y fresca agua de coco no podía oírme.

Me encontraba en mis desesperadas súplicas cuando, de repente, escuché aplausos ensordecedores y bullicios que me llenaron de emoción. Sí, era cierto lo que sospechaba. Al abrir los ojos me di cuenta de que había vuelto. Tal parece que una cámara que me habían colocado, sin darme cuenta, les había mostrado cada movimiento que hice en mi visita al coco. Y al verme tan aterrada, decidieron traerme de regreso a la realid
ad que conozco y en la única que deseo estar.

3 comentarios:

Anaí Sorto dijo...

Bien dicen que la curiosidad mato al gato, pero en tu caso, la cuariosidad te dejó adentro de un coco.Este texto también me ha gustado bastante. Me gusta mucho tu forma de escribir.

Carlos Liang dijo...

Hola, grax por comentar mi blog, la verdad me gusta todos tus textos, "aventura en un coco" es algo parecida al mio en algunas partes nada más, pero está chivo y gracias por la recomendación y sigue así con tus textos suerte.

Zaldaña dijo...

Si, Carlos, por eso me gusto tu historia del coco porque tenia cierta similitud con la mia!jejeje
En algunos puntos nada más.

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